La Acequia Real, traída desde las laderas que miran a Sierra Nevada, dibuja su murmullo continuo bajo la vegetación. Acércate y distingue frecuencias: el grave del canal, el medio de las pequeñas turbulencias, el agudo de hojas rozadas por el flujo. Si inclinas el oído, el agua se convierte en mapa y brújula, señalando desvíos, remansos y respiraciones del jardín.
Junto a la alberca del Partal, el espejo nocturno añade profundidad a cada sonido. Un chapoteo mínimo parece enorme, una brisa leve se duplica en su reflejo, y una rana tímida inaugura un teatro sin telón. Permanece inmóvil unos minutos: escucharás cómo el agua no solo suena, también calla, y ese silencio acuoso sostiene la arquitectura tanto como la piedra misma.