Su canto es aflautado, rico en frases largas y meditativas, con pausas que parecen suspiros. Suele ubicarse en puntos altos, como antenas o cipreses, para proyectar mejor. En patios y plazas tranquilas, su timbre sedoso se impone con elegancia, invitando a iniciar el paseo con cabeza clara y oído bien despierto.
Cuando te acerques a un cauce, un seto denso o un huerto sombreado, escucha esa cascada de notas rápidas y fluidas. El ruiseñor combina pasajes potentes con susurros brillantes, variando sin cesar. Aunque discreto a la vista, su presencia sonora te envuelve, recordando que la belleza más intensa a menudo prefiere la sombra.
Más que cantar, grita en tandas vertiginosas que cruzan de tejado a tejado. Sus chillidos agudos trazan arcos sobre las calles encaladas, generando emoción y velocidad. Es la llamada del movimiento compartido, del verano que bulle. Cuando pasan en bandadas, el pueblo entero parece levantar vuelo, y el corazón late un poco más deprisa.